Sabor antiguo en la plaza. Tradición centenaria que se repite, que vive en nuestras entrañas. Jesús Nazareno vuelve a salir de su casa para ser prendido y sentenciado a muerte «por ser hombre sedicioso y tumultuario (…). Queriéndose hacer Hijo de Dios y Rey de Israel, siendo realmente un endemoniado y embustero (…). ¡Quién tal hizo, que tal pague!» Eso dijo Pilatos y, luego, se lavó las manos. ¡Cuánta injusticia! ¡Cuántas injusticias consentimos cuando nos lavamos las manos! ¡Cuánta sinrazón permitida por nuestra indiferencia! Y mientras, Jesús, azotado, coronado de espinas, insultado, humillado, cargado con una pesada cruz, y cae y se levanta, y vuelve a caer y se vuelve a levantar y da la vida por nosotros.