Todavía consternados por el lamentable suceso que conocimos en la mañana de ayer, nos preparamos para vivir un Miércoles Santo de contrastes: el silencio, sólo roto por el ronco tronar de dos tambores y el rezo de las estaciones del Vía-Crucis frente a la bulla de todo un barrio que presenta al pueblo la devoción que profesa a su Cristo de Medinaceli. La silueta del Crucificado de la Caridad que se recorta en las paredes blancas de las calles más recoletas de nuestro pueblo y el imponente trono en el que reina el Rescatado muy cerquita del cielo. El tenue sonido de los faroles dejados posar con suavidad en el granito del suelo por los franciscanos hermanos de la Caridad y el estruendo metálico de los dorados cascos de los caballos que escoltan y abren paso a Jesús Nazareno Cautivo y Rescatado. Noche de contrastes, sí, pero también noche que nos transmite fe, devoción y ejemplo de cómo se ama a Jesús y cómo ese amora se manifiesta ante el pueblo.   

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