Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, en el monte de los Olivos, Jesús envió dos discípulos, diciéndoles: «Id a la aldea de enfrente, encontraréis enseguida una borrica atada con su pollino; desatadlos y traédmelos. Y si alguien os dijere algo, contestadle que el Señor los necesita y los devolverá pronto»Todo esto aconteció para que se cumpliese lo dicho por el profeta, cuando dijo:

Decid a la hija de Sion:
<<Mira a tu Rey que viene a ti,
Humilde, montado en una borrica,
En un pollino, hijo de acémila>>.

Fueron los discípulos fueron e hicieron lo que Jesús les había mandado: trajeron la borrica y el pollino, pusieron sobre ellos sus mantos y Él se montó. Y la multitud, que era muy numerosa, tendía sus mantos en el camino; y otros cortaban ramas de los árboles y las tendían en el camino.

Y la gente que iba delante y la que iba detrás aclamaba, diciendo: !!Hosanna al Hijo de David!! !!Bendito el que viene en el nombre del Señor!! !!Hosanna en las alturas!!

Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió, diciendo: ¿Quién es éste? Y la gente decía: Este es Jesús el profeta, de Nazaret de Galilea.

Mateo, 21 1-11

El Papa Francisco, en su exhortación apostólica «La alegría del Evangelio», utiliza una expresión muy elocuente para describir la revolución de este rey proclamado por el pueblo en el Domingo de Ramos: «La verdadera fe en el Hijo de Dios hecho carne es inseparable del don de sí, de la pertenencia a la comunidad, del servicio, de la reconciliación con la carne de los otros. El Hijo de Dios, en su encarnación, nos invitó a la revolución de la ternura».