ESCRIBO EN EL SILENCIO de la noche húmeda y fría. Es la una de la madrugada y mantengo aún la sonrisa del recuerdo reciente de esta tarde lluviosa en que les apetecía cantar. Sólo cantar. A veces, los Ancianos son como los niños, inocentes y caprichosos, empeñados en hacer lo que más les apetece en ese momento, sin consentir que los contraríen. Y no hay pero que valga… Pues dicho y hecho: ¡vamos a cantar!

Lo tenían claro, también, lo que querían cantar dando sentido a nuestro folclore literario- musical más genuino basado en la devoción a la Virgen de Luna. La tradición y la leyenda hechas estrofas para recoger, mejor dicho, para cantar, los comienzos y las circunstancias primeras del mejor poema religioso local.

Sí, un viejo romance, de orígenes remotos, que la gente sencilla cantaba en la fiesta, se convirtió en un claro manantial y de él han fluido las noticias espirituales más hondas y consoladoras. A través de sus estrofas, de seis versos cada una, con rima fácil asonantada, el autor anónimo, yo diría, la musa popular, se recrea en hacer patente su amor a la Virgen aparecida…

<<Oh gran Reina de los cielos, / de Luna Virgen María, / da luz a mi entendimiento / y a mis ecos la armonía, / para que cante gozoso / cómo fuistéis aparecida… >>.

Lo cantan. Lo cuenta Francisco Redondo Guillén en su libro “Pozoblanco, capital de Los Pedroches”, editado en el año 1981.

Resuenan aún los cantos en mis oídos. Y en mi boca ha quedado dibujada una permanente sonrisa. ¡Cuánto aprendemos escuchándolos! ¡Qué tardes pasamos con Ellos!

Esta noche me dormiré en la armonía de estos ecos.

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